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Jaime Castillo

Taller: Castillo y Paz
Oficio: Trabajos en madera
Ruta: Ruta Sucre
Ubicación: Toluviejo, Sucre


AGENDA TU VISITA

  Transversal 4 #2-22, Toluviejo, Sucre
  3006445607
  jacal2707@gmail.com
  @castilloypaz
  @Castilloypazcolombia

Jaime es una de esas personas valientes que, después de mucho tiempo, reconocen lo que otros no: que no son felices. Y aunque tuviera un puesto de supervisión en una empresa, que le ofrecía beneficios y la estabilidad de quien recibe un cheque mensual, un día, 17 años después, esto ya no le fue suficiente. Será porque en esos días en que lo rondaba la idea de abandonarlo todo se estaba paseando por la arena, en las orillas de Rincón del mar, en pleno Golfo de Morrosquillo, y se topó con una serie de troncos hermosos y se preguntó qué se podría hacer con ellos. Esa sola idea lo conectó con una infancia y juventud curiosa y siempre haciendo cosas con las manos, manillas, pulseras, collares, macramé y hasta chinchorros y hamacas. Cuando se convirtió en empleado, ese gusto simplemente quedó sepultado en el olvido. Pero como si la aparición de ese tronco hubiera desenterrado una memoria llena de alegría, se dijo no más y se atrevió a seguir el llamado.

Era 31 de octubre de 2019 y con la promesa de un familiar de apoyarlo por tres meses mientras arrancaba de nuevo, cogió toda su liquidación y se compró todas las herramientas que se necesitan para trabajar la madera: gubias, cinceles, motosierra, pulidora, taladro, motortool y sierras de corte. Y aunque la promesa nunca se cumplió y quien lo acabó ayudando fue su papá, reconoce que le sirvió para lanzarse al vacío. Uno que le ha devuelto el alma al cuerpo y lo tiene tan feliz que no puede creer que se haya demorado tantos años para buscar este estado ideal. Pero, claro, no fue fácil… pues las fechas no iban a ayudarlo… se acercaba la pandemia de 2020.

Apenas empezaba a conseguir clientes cuando nos encerraron a todos. Sin plata ni posibilidades de ingresos, en lugar de hundirse, utilizó el silencio y la concentración para entrenarse en su oficio, y lo mismo hizo su esposa. También tuvieron la fortuna de varios embarazos en la familia, así que les hicieron a sus amigos decoraciones para los cuartos de los recién nacidos y allí empezó a poner en práctica lo aprendido en carpintería. La ayuda incondicional de su papá le dio paz para emprender este nuevo rumbo y, a pesar de que estaba contrariado, al igual que su mamá, porque su hijo había renunciado al bienestar de un trabajo asalariado, le tendió la mano. Él con madera y su esposa con tejeduría, sobrellevaron la crisis sanitaria y la precariedad económica.

Jaime trabaja con las maderas náufragas que encuentra, ya sea a la orilla del mar, o río adentro en las aguas dulces del bosque seco tropical. Sabe que lo que para él es un tesoro, para la industria maderera no lo es. Así que cuando se topa con un samán o campano derribado en el suelo, lo lamenta, pero se pone manos a la obra para que esa muerte no quede en el olvido. Ese hueco al interior de un tronco es, para él, la belleza que le da valor a un producto artesanal. Son esas formas irregulares las que, al pasar por sus manos, terminarán empotradas en una pared como una escultura sublime de la naturaleza, o se convertirán en lámpara, mesa o mesón.

Es un observador del paisaje y ya, de tanto hacerlo, reconoce las maderas que le servirán para hacer una artesanía. Le basta pulsarlas para saber si tienen futuro. Si están livianas y porosas, es que ya están desintegrándose, pero si pesan, seguramente pueden servir. Y aquí, empieza el pedagogo apasionado a contarnos de los efectos que hace la naturaleza sobre la madera. El que un tronco se encuentre cerca del mar significa que se zafó de un bosque y lleva viajando por agua dulce para desembocar en la salada. Y en ese tránsito, la sal y la arena lo han acariciado tanto que le han grabado sus huellas, lijándolo y alisándolo. “El trabajo que va haciendo la arena, y que le da a su vez ese arrastre, lo que hace es que la madera que llega a la orilla esté totalmente curada, por esa misma salinidad y por el movimiento”.

¡Ahí va el loquito de la madera!, le dice la gente cuando lo ven arrastrando una rama o tronco. Luego, secar la madera para trabajarla será un ejercicio de paciencia. Puede durar en su taller fácilmente un año, mientras se desagua del todo y, esas ramitas que pueden sobrevivir sobre el tronco muerto como aferrándose a la vida, finalmente se rinden secándose. Recuerda con claridad cuando abrió un matarratón y se encontró con un paisaje de arcoíris, vetas de todos los colores que lo dejaron boquiabierto. Y todavía sigue pidiéndole permiso a cada árbol que toca para inmortalizarlo.

Hoy se sabe completo, pleno, satisfecho y disciplinado, listo después de trotar hora y media cada día, para emprender su jornada con la madera y entrenar a varios muchachos en el oficio. Para hacer una lámpara de techo o de mesa, una mesa, un cuadro o implementos de cocina como cucharas o tablas. Ya dependerá de la materia prima, matarratón, ceiba tolúa, roble, campano o teca. Y de ésta última, de las pocas que no se consiguen náufragas, a veces tiene la fortuna de poder comprar su raíz, y hacer con ella una lámpara imponente. No se queda quieto, se actualiza permanentemente por internet, estudia inglés y participa en cuanto taller puede para ir perfeccionando sus técnicas. Y le ha resultado, pues llega de las ferias con las manos vacías. Pero ya no es el vacío del comienzo, sino el satisfactorio de haber sido leal consigo mismo.

Artesanos de la ruta

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