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Antonio Márquez

Taller: Antoartezenu
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Sucre
Ubicación: Palmito, Sucre


AGENDA TU VISITA

  Vereda Cruz de Ramal, Calle principal
  3226831462
  antoartezenu1306@gmail.com
  @antoartezenu

Si algo ha tenido Antonio Márquez en la vida son amigos, buenos amigos. Personas que lo han sostenido en momentos duros, que siempre creyeron en él y le lanzaron la pita cuando estaba a punto de ahogarse. Oírlo es ser testigo de la gratitud que les tiene, de la claridad con la que relata las muchas veces que, por tener ese espíritu tan emprendedor con el que se mueve, se dio contra el piso y, ellos, confiando y creyéndole, lo ayudaron a levantarse de nuevo, sin peros. No obstante, para llegar a este presente que hoy celebra y, de paso, entender esos años tan retadores, hay que irnos lejos. Hasta esa infancia al lado de sus abuelos, de sus padres, de sus tíos, de todos cuantos quiere, y sentir, así, con su voz, ese latido cadencioso dentro de la panza de su madre, tejiendo la trenza en caña flecha, aquella que se ha vuelto famosa por hacer el sombrero vueltiao, en las sabanas sucreñas y cordobesas de Colombia.

Antonio sabe que el tejer lo lleva en la sangre. Él y todos los niños zenúes de su cultura. Recuerda sus ojos curiosos viendo a todos en su casa tejiendo, a su abuelita, a sus papás, recuerda sus manitas de niñito de tres años simulando hacerlo y recuerda juntar pajitas hasta que sus mayores le pasaron las tres con las que se iniciaría en el trenzado. Cuenta, además, que lo que más quería era llegar del colegio para trenzar y, apenas acababa las tareas, se ponía en ello. Hacerlo significaba tener unos pesos para comprarse la merienda. Y, además, le gustaba. Así pasaron sus años de formación, sabiendo que con sus manos podría alimentarse.

Al no haber podido estudiar, por esas cosas de la vida en donde nada tiene que ver lo que uno es sino los obstáculos que quieren torpedearlo todo, aquí empiezan a aparecer los amigos para llevarlo de la mano hacia su destino: le dijeron que en un taller estaban necesitando operarios. Como él sabía manejar máquina de coser allá fue a parar. Y muy recién llegado vio una oportunidad: ¿qué tal si, en lugar de botar los sobrantes de la trenza no empleada en los sombreros o bolsos, los usaba para hacer monederos? Les hizo una prueba a sus jefes y les gustó; le pagarían 1.000 pesos por pieza y llegó a hacer 70 en un día, justo el monto que se ganaba en un mes de trabajo… se dio cuenta de que podría vivir de la artesanía y se independizó… sin saber que no sería tan fácil como se lo había imaginado.

Se compró una máquina de coser y empezó a hacer bolsos, monederos y sombreros que vendía en el mercado de Tuchín. Trabajaba hasta tarde y lo que se ganaba en las ventas lo reinvertía en compra de materiales, y cuando se le acababa la plata, pedía prestado para poder seguir y así surtir su estantería de artesanías para vender. Alcanzó a tener diez millones de pesos en mercancía lista para la venta. Pero, así como un día tenía mucho, al siguiente ya no. Y así pasaron como diez años de esfuerzos y apuestas en los que, a veces ganaba pero, otras tantas, perdía. Su ambición no estaba logrando cuajar como él lo buscaba. Quizá se debía a que no tenía casa propia y entonces lo que entraba salía… así que un día le dijo a un paisano que le vendiera un lote. Aunque aún le faltaba la plata para construir un techo… y como las cosas de dios a veces pasan, otro amigo le regaló una casita destechada y que, para él, era más un encarte, pero a la que Antonio le vio todas sus posibilidades. Era sábado de gloria, toda la comunidad le ayudó a cargarla al terreno y otro le fio lo del sancocho para agradecerles a los vecinos. Lo dicho, un tipo con suerte.

Claro, con ese espíritu colmado, empezó a recibir invitaciones para participar en ferias. Primero fue a Cartagena y vendió todo. Luego, le dijeron que querían llevarlo a Nueva York, y también le encargaron mucho material para dotar una tienda artesanal en el norte de Bogotá pero, ay, se cruzó la pandemia y ni lo uno ni lo otro pasó, aunque él había dejado empeñado todo en este negocio capitalino… pero la providencia volvió a tocar a su puerta y de Artesanías de Colombia lo invitaron a participar en Expoartesano en 2021 y, así, convocó a su comunidad para tejer la trenza y rogó que de Bogotá le mandaran la mercancía a Medellín. Saldó las deudas con muchos trasnochos y madrugadas y allí arrancó. Volvió a hacerlo, pero esta vez, con más garras para no dejarse caer de nuevo. Con su esposa Carmelita se pusieron a la tarea de hacer de la caña flecha una artesanía sin igual: a la tradicional trenza para hacer los sombreros y bolsos, le sumaron sus varas secas para hacer cielorrasos y páneles arquitectónicos. Y la sacaron del estadio. Van volando y están felices. Por fin salieron las cosas por esa perseverancia sin igual y, de nuevo, hay que decirlo, todo fue gracias a los amigos.

Artesanos de la ruta

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