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José Galé y Gladys Mercado

Taller: La Fuente del Totumo
Oficio: Trabajos en frutos secos y semillas
Ruta: Ruta Sucre
Ubicación: Galeras, Sucre


AGENDA TU VISITA

  Barrio El Chivolo Calle 2B #18A-65
  3135418523
  joseluisgalemejia@gmail.com

“Entre una partida de pollos siempre sale uno pelongo, y el pelongo era yo”, cuenta don José Galé, riéndose, al recordar que, de esos 14 hijos de María Ernestina y Pedro Pablo, él era uno de los más avispados. Creció rodeado de totumos, colgaban con abundancia en sus mil formas y tamaños y, de pronto, será por eso que por demasiado tiempo creyó que no valían nada. Su papá lo mandaba a recogerlos para luego picarlos para alimentar a las gallinas, pero él también veía en ellos juguetes, helicópteros o animalitos de todos los tamaños que fabricaba con su ingenio y con sus manos y que divertían montones a sus vecinitos, quienes se los querían cambiar por los regalos que sus propios papás les daban de navidad… por supuesto, lo regañaban porque cómo iba a engañar a los niños…

Así pasó su infancia, recogiendo totumos y conociéndolos cada día más y más. Por su cuenta fue aprendiendo a fabricar herramientas con las que manipular el fruto, coger puntillas o ponerles cachas a los pedazos de cuchillo que le quedaban a su papá del trabajo en el monte. Recuerda muy bien aquel día en el que, llevando al pueblo leña para la venta, se quedó mirando fascinado a un hombre que estaba encabando un machete; vio, milimétricamente, cómo le hizo los huecos al cabo y lo encajó. Fue su clase magistral.

Y pasaron los años y se volvió adulto. Como su padre, y como sus hermanos, trabajó en el campo, ordeñó e hizo potrero echando hacha y machete y tirando azadón. Era lo que se hacía y lo que se podía hacer. Pasaron los 25 y llegaron los 38 años, y el totumo, ahí. Y como las cosas del amor normalmente lo trastornan todo, se enamoró de Gladys Mercado. Se ríe hoy, casi cuatro décadas después, de saber que, aunque la quería conquistar, no se le ocurrió que eso que hacía con el totumo podía ser un digno regalo de cortejo… fue ella quien se lo hizo notar. De nuevo, vivir tan rodeado de totumo lo hacía verlo con cierta indiferencia. Hasta que se dio cuenta de que sí podía valer algo…

Para él hubo un parteaguas: ese día de corrida de toros en el que llevó mercancía en totumo y vendió 30.000 pesos en una tarde. Al ganarse 7.000 en un mes, quedó sobrecogido. Ya con Gladys, empezaron a moverse por trabajo. Viajaron a la Guajira y allá, de nuevo, le encargaron piecitas en totumo. Veía las reacciones de la gente, encantada por la originalidad de esta materia prima para usos cotidianos como tomar tinto o servir una bebida. Era, definitivamente, un llamado a la acción así que, ambos, se pusieron manos a la obra. Él le enseñó todo lo que sabía a Gladys y ella aprendió rápido. “Yo, mejor dicho, me casé con una maestra y ella se consiguió un maestro, porque como yo le enseñé algunas cosas, ella me enseñó muchas cosas a mí también… los dos mutuamente nos hemos corregido nosotros mismos sin reprocharse uno al otro”. Y es lindo oírlo tantos años después, igual de enamorado, valorándola, poniéndola en primer plano, diciendo lo buena talladora que es, cómo él. Nos pide que imaginemos que estamos con alguien querido y nos decidimos a pintar un caballo, y el caballo nos sale con una orejita gacha. ¿Qué tal si, en lugar de criticarle el defecto, vemos que los dos caballitos pueden andar juntos? Así andan estos dos, de la mano y trabajando con las manos.

Don José cuenta, además, que con el totumo nada se pierde y nunca hay errores pues, si llegara a pasar que lo cortó demasiado cuando estaba haciendo un jarrón, hace una taza. Ya está. Cada desvió es una nueva posibilidad de creación. Y así, él y doña Gladys siguen aprendiendo, aunque sean unos maestros en esta artesanía. Hoy ahúman el totumo con el fuego del propio fruto y quedan unas piezas oscuras que son una elegancia y sobre las cuales tallan motivos naturales que se les dan muy bien. También se dejan sorprender por los pedidos de los clientes y se aventuran a hacer los dibujos y formas que estos les encarguen. Así han pasado muchas muchas décadas y, como el primer día, en esa infancia ya tan lejana, el amor por el fruto y sus mil formas sigue intacto. Solo que ahora, a diferencia de aquellos años, tiene una cómplice con la cual sigue jugando a crear.

Artesanos de la ruta

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