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Abelino Palacios

Taller: Joyería Seven
Oficio: Joyería
Ruta: Ruta Chocó
Ubicación: Quibdó, Chocó


AGENDA TU VISITA

  Calle 27 #2-28 Barrio Roma, Quibdó
  3134675152
  artesseven@hotmail.com

¿De qué sirve aprender un oficio si no es para compartirlo, para ponerlo al servicio de los demás? Abelino sabe que si se muriera mañana sin haberle enseñado joyería a nadie, moriría con él un montón de conocimiento; y ese panorama no le gusta en lo absoluto. Sabe, también, que vino a este mundo con la misión de estar al servicio de los demás. Pone el ejemplo porque a él mismo le tocó convencer a sus maestros de que le enseñaran y dejaran de ser tan celosos.

Recuerda perfectamente el día decisivo para su destino cuando un amigo le preguntó si no quería aprender el arte de la orfebrería. Abelino tenía catorce años, había llegado hacía no mucho a Quibdó desde la vereda en la que vivía con su familia, a media hora por el río Atrato, para terminar el bachillerato. Tenía catorce años, estudiaba en la noche y en el día se dedicaba a oficios varios, hacía “vendajes”, vendía pastelitos y panes, pero un día perdió el producido, y qué angustia. Ahí fue que le llegó el ofrecimiento de su amigo. Abelino aceptó y llegó al taller de joyería. Empezó a trabajar haciendo los mandados, limpiando el lugar y las herramientas hasta que, poco a poco, le empezaron a enseñar. Un poco a regañadientes, sí, y sin soltarle los secretos, pero fue aprendiendo.

Desde el primer día le llamó la atención ver cómo se transforma la materia, cómo esos joyeros convertían los gramos de oro en cadenas y anillos brillantes. Vio la oportunidad de tener un trabajo bajo un techo y no expuesto al sol y al agua, como sí lo era el hacer vendajes. Sus primeras piezas fueron para algún amor o para la familia, y así le fue mostrando a su madre y hermanas en Quibdó que ya sabía hacer algo. Hasta que un día, ya cumplidos los veinte, logró independizarse. Empezó a trabajar en una habitación que alquiló en el centro, con un plan claro: invertir la mitad de todo lo ganado en herramientas para su taller propio. Desde entonces soñaba en grande, con una escuela de joyería que hoy en día se ha materializado en su taller con 12 puestos de trabajo en el que recibe a quien quiera aprender. Es el resultado de más de treinta años de trabajo.

Eso de que no haya academias de joyería, que toque rogarle a los maestros para que enseñen lo que saben, le sigue moviendo la fibra. Claro, sabe que la costumbre tiene que ver con que el oro es costoso, y no cualquiera le suelta oro a un desconocido. Pero él ha encontrado la manera, haciendo tratos con sus estudiantes y poniendo por delante siempre las ganas de enseñar y su capacidad para reinventarse e innovar constantemente. Así, les ha enseñado lo que sabe de cadenería, engastado, repujado y troquelado, y de sus áreas preferidas, el calado, los grabados sobre piezas lisas, y el modelado y vaciado en cera perdida.

A esta historia solo le falta un dato: Abelino es el séptimo de doce hermanos, “siete las maravillas del mundo, siete los días de la semana, siete los mares, siete el número preferido de Dios”, nos dice. Por eso su joyería se llama Seven, tiene siete vitrinas, y anhela tener siete hijos. El número ha surtido efecto, le ha dado la suerte de vivir no solo con la satisfacción de enseñar, sino de saber que ese conocimiento le dará a otro, un empleo.

Artesanos de la ruta

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