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Narcisa Trelles

Taller: Narcicrochet
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Chocó
Ubicación: Quibdó, Chocó


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  Carrera 6 Barrio Victoria #2. Preguntar por ella
  3145682747
  narcicrochet@gmail.com
  @narcicrochet
  @NarciCrochet

Cuánto no le habría gustado a la madre de Narcisa, doña Nasly Trelles, mejor conocida como Lucha, tener un grupo de amigas en quienes apoyarse cuando llegó a Quibdó. Era el 2004 y traía, ella sola, a cuatro hijos bajo el ala, a los que luego se sumaría un quinto. No solo le habría gustado; sino que le habría ayudado. Habría tenido con quién hablar de lo que estaba viviendo: de los trabajos que pasaba en esa primera casa a la que llegaron, de por qué tuvo que dejar su hogar en Boca de Bebará, en el Medio Atrato, a más o menos una hora en lancha rápida desde Quibdó, y de cómo se sentía en la ciudad, ese nuevo lugar tan hostil y distinto de su monte conocido. De lo duro que fue cambiar la pesca por los “vendajes”, que es como le dicen a la venta de todo tipo de productos en las calles, y así, sobrevivieron, recién llegados a su nuevo mundo, vendiendo empanadas, cucas y vikingos, los bolis quibdoseños.

Los recuerdos de esa época, cuando no había cumplido los diez años, regresan constantemente a la mente de Narcisa, la visitan mientras teje pero ella, en lugar de opacarse con ellos, ha aprendido a convertirlos en su motor. Por eso se inventó las Tardes de tejedoras, para regalarle un espacio a las tantas mujeres y madres cabeza de familia que, como doña Lucha, han llegado a los barrios de la zona norte de Quibdó, desplazadas por la violencia. De hecho, la primera vez que las convocó, en 2024, no podía creer la acogida que tuvo: llegaron más de cincuenta mujeres. Encontraron en el grupo un lugar para despejar la mente, descansar y dedicarse a ellas mismas, algo que suele quedar relegado a un segundo plano cuando la preocupación principal es mantenerse a flote.

Pero aprender a tejer, entregarse a esa herramienta con la cual ayudar después a otras, no fue fácil para Narcisa. Tuvo que insistirle demasiado a esa madre campesina que volvía por las noches a la casa, cansada, para que renunciara al poquito tiempo libre que tenía y le enseñara a tejer. “Ma, enséñeme, ma, por favor”, repetía una Narcisa de ocho años hasta más no poder, y hasta que doña Lucha cedió. Años más tarde la frase se voltearía, cuando sería su madre quien le rogaría para que dejara de tejer y se pusiera a hacer otra cosa, y ella le respondería “Ma, va a ver que nosotras vamos a vivir de esto, créame”.

Y si la madre le insistía para que dejara de tejer era porque su hija estaba obsesionada. Se había volcado hacia el crochet como única vía de escape. Tejía para no sentir la ansiedad que le producía estudiar Ingeniería industrial, trabajar y hacer vendajes, todo al tiempo. Era tal su obsesión que, cuando no había plata para comprar más hilos, destejía lo que su madre le había hecho y lo volvía a tejer. Había algo relajante en el hacer un nudo tras otro con la aguja, como poniendo las piedras del camino de Alicia en el país de las maravillas, algo que se conectó profundamente con su corazón y sus manos. Para su mamá, eso no era más que una perdedera de tiempo, pero Narcisa tenía una corazonada. Una que le terminó dando la razón, pues la vida la estaba poniendo en el lugar en el que tenía que estar sin que ella se diera cuenta.

Y sí. Definitivamente valió la pena, porque afinó la mano lo suficiente para poder crear lo que quisiera, y así, darle vida a las piezas de su marca. Se dio cuenta de que podía dedicarse a su hobby amado y darle, poco a poco, una identidad que se ha nutrido de las conversaciones con otros y de la acogida de la gente. Por eso los mapas del Chocó que convierte en aretes y las prendas inspiradas en el paisaje de su departamente amado, en el color de sus ríos y atardeceres, hecho todo en crochet y valiéndose de hilos de algodón y sintéticos.

Ahora su obsesión y remedio es un emprendimiento familiar que, pese a lo joven, crece poco a poco con una fuerza nacida del amor por ese oficio. ¡Qué alegría! porque además de enseñarle a sus hermanas menores a tejer en crochet, Narcisa pudo darle un trabajo a su madre y compartir con otras mujeres eso tan sanador que hay en el tejido. Y mientras la marca sigue creciendo, que no falten las Tardes de Tejedoras para conversar, echar chistes, desahogarse y distraerse, todo mientras alguna aprende a tejer de la mano de Narcisa, y otras completan sus proyectos personales de tejido. Para encontrar, juntas, un poquito de paz.

Artesanos de la ruta

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