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Martha Lucía Benitez

Taller: Al Pelo Joyería
Oficio: Joyería
Ruta: Ruta Chocó
Ubicación: Istmina, Chocó


AGENDA TU VISITA

  Barrio San Francisco, diagonal a la funeraria de la Costa
  3148370726
  marthaluciabenitezmosquera@gmail.com

La terquedad de Martha Lucía sí que ha rendido sus frutos. Es el superpoder que le ayudó a hacerse un lugar con nombre propio dentro de un oficio que tradicionalmente le ha pertenecido a los hombres en su departamento: la joyería. Para que se hagan una idea, el oficio la encontró cuando ella trabajaba limpiando un taller de joyería en Quibdó y, sin el permiso del dueño, decidió prender el soplete que le veía usar y se llevó tremendo susto cuando le quemó la cara y el pelo. Cuál no sería su sorpresa cuando el joyero le ofreció enseñarle un poco del trabajo a cambio de que no volviera a coger las herramientas sin su permiso.

Al principio, era solo curiosidad lo que le despertaba la joyería, pero empezó a aprender y, poco a poco, empezó a emocionarse también. Bernardo Buendía se convirtió en su maestro. Le enseñó a respetar la calidad de los materiales, a ser honrada y, aunque sus métodos la hicieron enfurecer más de una vez, pues cuando algo le quedaba mal no la dejaba repararlo sino que directamente volvía a fundir todo su trabajo, hoy agradece cada una de sus enseñanzas y ese carácter tan perfeccionista. Su maestro venía de una familia de hombres joyeros. En cambio, el oficio de Martha, su amor por él, como dice, empezó con ella, y de eso hace ya más de veinte años.

Con esa ética del trabajo inculcada por don Bernardo, entró a trabajar a otros talleres y le pasó más de una vez que los clientes preguntaban por el joyero de las piezas y se sorprendían cuando, detrás de bastidores, salía una mujer. Entonces se hinchaba de orgullo cuando la felicitaban por su trabajo. Aunque también tuvo momentos amargos y gente que le preguntaba si acaso se creía un hombre… Menos mal Martha es terca porque, con el mismo ímpetu que agarró el soplete la primera vez, siguió trabajando, dándose a conocer en más y más talleres, y entre los clientes, al tiempo que criaba a los hijos. Ay, cómo le gusta llevar la contraria.

Fue solo años después de estar trabajando sin freno que conectó los puntos y entendió que ella no había crecido tan lejos de la joyería como creía. Venía de una familia de mineros artesanales de Istmina y desde muy pequeña conoció los trabajos de la mina. Su tía abuela, Floralba Mosquera, estaba a cargo de ella. Para no dejarla sola en el pueblo se la llevaba con ellos y hasta le regaló su propia batea. Un día, una mujer le preguntó a Floralba si la niña sí sabía sacar el oro y la tía abuela respondió que claro, que solo le faltaba hacer alhajas. Con esa frase le marcó el camino y predijo su futuro. Ahí había empezado todo, aunque Martha no se hubiera dado cuenta.

Cómo desearía que su tía abuela hubiera alcanzado a ver la calidad de alhajas que aprendió a hacer, y cómo le agradece hoy esa sentencia temprana. Y de paso, le agradece a su madre, Rosa Nelly Mosquera, mejor conocida como Pelo, pues sin ella jamás se habría atrevido a independizarse, irse de Quibdó y abrir su taller propio en Istmina. Le tomó más de un impulso, comprar toda su herramienta para venderla apenas le ganó el miedo, pero luego volverse a aperar y lanzarse al ruedo de manera definitiva para hacer las cadenas y bolas que le salen tan bien con el oro de su misma tierra y empezar, poco a poco, a moverse en ferias. Claro que ha valido la pena, porque ahora le puede enseñar el oficio a dos de sus cuatro hijos en su taller, al que le puso Al Pelo en honor al apodo de su madre. Al heredero y heredera de su oficio los ha formado con el mismo temple de su maestro, ese que es difícil de recibir pero que resulta tan efectivo, como lo fue con ella.

Artesanos de la ruta

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