Menu

Ana María Jiménez

Taller: Taller sin Borde
Oficio: Joyería
Ruta: Ruta Antioquia
Ubicación: Medellín, Antioquia


Tuvieron que pasar muchas, muchas cosas, para que Ana María Jiménez celebrara que no pertenecer a solo un lugar era la mayor de las libertades. Cuando le preguntaban, con cierta insistencia, que a qué se dedicaba, que ¿si era arquitecta o directora de arte o escenógrafa o productora o investigadora o joyera o artesana?, simplemente quería decir “todas las anteriores”, pero al comienzo le costaba mostrar que no tener borde es una potencia y no un extravío. Al repasar su historia, sin embargo, encuentra que no habría podido ser distinto y se ríe.


En su casa se armaba y se desarmaba todo, pues la curiosidad siempre fue una consigna y su mamá, la escritora Ana Ramírez, estimuló tanto como pudo su sensibilidad. La metió en un colegio Waldorf, en donde los gnomos, las historias y la fantasía eran su alimento diario, y esta educación la complementó con un estudio de piano clásico por 15 años que le hizo las manos sabias y fuertes; fue concertista y recuerda piezas como las de Brahms en donde podía pasar hasta 20 páginas de partituras.


Sus intereses han sido siempre tan amplios que a la hora de elegir carrera tenía tres opciones: Ingeniería química, Sociología o Arquitectura. Se decidió por la última, no por nada distinto a que se encantó viendo dibujar planos a una amiga de la familia. Pero solo fue cuando trabajó por dos años en una oficina de arquitectos, en donde cuenta que las manos se le secaron y tenía pesadillas en las que veía sus brazos como ramas secas, que huyó del país y terminó en Londres. Necesitaba otros aires. Otros, piensa ahora, que la volvieran a conectar con ella. Y se metió a cuanto curso encontró, mientras se los pagaba trabajando en una hamburguesería, hasta que una clienta se le quedó mirando los aretes y, luego del elogio y un intercambio amable de palabras, regresó y le tendió un brochure de una escuela de joyería: “tienes que estudiar allí”, le dijo y sus palabras se convirtieron en la llave de una pasión que no ha parado de explorar desde la década pasada.


Con todo esto en mente regresó a Colombia, y se dio cuenta de que, a diferencia de la joyería en Europa, acá hacemos todo, el hilo, la lámina y la preparación de los metales con los cuales luego se trabajará, por lo cual se puso en manos de distintos maestros joyeros, Jaime Díaz, Cristian Quiceno, Nuria Carulla y Sergio Fernández, entre otros. Sabe que fue un privilegio, pues le nutrieron el alma y le ensancharon el mundo de las técnicas. Gracias a ello se animó a hacer una maestría en Artes Plásticas de cuya tesis nació Taller sin borde, su proyecto joyero de investigación y creación. Siguiendo el concepto de “Volver al proceso”, logró nombrar lo que, verdaderamente, le interesaba del oficio: entender las técnicas y cómo se trabajaban los metales en los tiempos prehispánicos. Se preguntaba cómo martillar con herramientas de piedra, cómo fundir sin soplete, cómo hacer moldes de barro para la cera perdida. En este punto de iluminación tuvo, sin embargo, que parar un momento y superponer capas que le dieran sentido a todo lo que estaba haciendo.


Un año fue determinante para ello: el 2018. Sabía que este camino era el que quería seguir, pero se había convencido de que vivir de la joyería no era posible. Además, le iba muy bien en todo lo que hacía en arquitectura y escenografía. Pero cayó enferma. El cuerpo es sabio y manda los mensajes que, de otra manera, no queremos entender. O ver… y ¿qué es la tiroides sino el llamado a la comunicación y la verdad?, se dijo y se enfrentó a sí misma, recordándose que tenía un pendiente y que tenía que intentarlo. Para ello, escarbó hondo y, así como otros lo hacen con viajes de yagé, ella se entregó a la meditación. Allí encontró su lugar seguro, uno que le permitió abrir el corazón y entregarse a los materiales que sabía le hablaban. Y supo que había encontrado algo esencial cuando empezó a martillar con piedra, y ver que entraba como en una especie de trance que le hacía perder la noción de tiempo. También vio que su postura corporal le era distinta, había algo ahí que le estaba pasando, lo mismo que cuando se levantó en la madrugada a cavar un hueco para fundir el metal en la tierra. Le cuesta explicarlo, solo quiere que sepamos que hay algo de alquímico en todo lo que está viviendo, de mágico, como regresando a ese sentido profundo que cargaban estos objetos cuando los indígenas los hacían; ese entrar en otras dimensiones que nos conectan con la entraña y el espíritu, volviéndose uno. Y es allí donde ella quiere estar. Por eso, cuando alguien se pone alguna de sus piezas, siente que carga una energía tan dulce como poderosa. Será porque tienen el aura de cuando nos decidimos a creer.

Artesanos de la ruta

Artesanos de la ruta

No puede copiar contenido de esta página