Taller: Chocó Tierra Mía
Oficio: Joyería y bisutería
Ruta: Ruta Chocó
Ubicación: Quibdó, Chocó
Cra 5 #24-137, Barrio Pan de Yuca
3113654882
chocotierramia8@gmail.com
@chocotierramia
@chocotierramia8
Para esta artesana que viene de una familia de abogados, fue decisivo el choque que vivió al salir por primera vez de Quibdó, pues en ese momento entendió su negritud. En su caso, pasó al irse a estudiar primero a Medellín y luego a Bogotá, donde se graduó como Diseñadora gráfica. Desde que empezó la carrera se dio cuenta de que aunque ella sí conocía sobre el interior del país, lo mismo no pasaba al revés: la gente le preguntaba si “allá” donde ella vivía todos andaban en pantalón corto y si existían las universidades. La gota que derramó el vaso fue un artículo que salió por el 2010 cuyo título recuerda perfectamente: “El infierno sí existe y queda en el Chocó”.
Poco a poco, Victoria se empezó a preguntar qué podía hacer con las herramientas que tenía para acortar la brecha del racismo y de la ignorancia de tanta gente sobre su departamento. ¿Hacer algo o dejar las cosas como estaban? ¿Responder o no responder? No tenía sentido compartir cinco años de su vida con sus compañeros de carrera y que ninguno conociera su realidad. Y como nos pasa a tantas mujeres cuando queremos responder por fuera del guión, en algún momento pensó que estaba siendo muy quejumbrosa o arrogante y estuvo a punto de dejar el tema, pero afortunadamente sus profesores la empujaron a seguir. Los primeros pasos los dio dedicándole sus trabajos de la universidad al Chocó, con gestos tan sencillos como dar a conocer la silueta de su mapa.
Hablar de su lugar de nacimiento le hizo replantearse mucho más que su trabajo como diseñadora. En algún momento, confrontada por las preguntas que le hacían constantemente sobre su gente y hasta sobre su pelo, cayó en la cuenta de que no recordaba cómo era, precisamente, su pelo, antes de los alisados; habían pasado más de diez años desde que lo llevaba liso. Entonces, antes de terminar la carrera en Bogotá, sintió la necesidad de alinear su propia vida con su bandera, y se cortó el pelo chiquitico para dejarlo crecer crespo: quería que el orgullo de su origen se le notara desde la raíz. Quería, también, liberarse del procedimiento tortuoso mediante el que se llenaba la cabeza de químicos para quedar lisa. Pero eso de negarse a llevarlo alisado todavía no era nada popular, y Victoria se dio cuenta de que tendría que enfrentar otro obstáculo, pues en su comunidad quibdoseña estaba tan naturalizado el pelo liso que el llevarlo crespo era malinterpretado como falta de cuidado y hasta falta de dinero. Con esa realidad se chocó durante las visitas vacacionales, y luego al regresar a vivir en Quibdó después de graduarse. Más de una vez le ofrecieron ayuda económica al verla chontuda, un término en principio despectivo pero al que hoy en día abraza plenamente. Porque, quizá, uno de sus logros más dicientes haya sido convencer a la abuela, la que más se oponía a esa nueva “moda” del pelo crespo, de que se dejara el pelo natural. Qué triunfo.
Entretanto, siguió creciendo su emprendimiento. Su amor y decisión se convirtieron en joyas a través de las cuales dar a conocer su departamento: aretes y collares con representaciones de los bogas, sus incondicionales canaletes, matas de plátano y el mapa, siempre el mapa, que le recuerda a una mujer con turbante. Su marca de joyas se convirtió en una oportunidad para contar historias y para tender un puente entre distintas formas de pensar. También para invitar a la familia al proyecto, empezar a trabajar con sus primos para pulir, calar y pintar las joyas, así como unirse a otros emprendimientos de bisutería, tejeduría y hasta bebidas ancestrales, con quienes fundaron su propia feria Expoemprende para comercializar sus productos sin depender de ayudas públicas. Así, más y más se le han unido, y Victoria ya no es la única “loca” de los mapas. Es, sobre todo, una artesana íntegra que aprendió a conciliar sus piezas con su manera de llevar la vida.
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