Taller: Creaciones ancestrales doña Alexa
Oficio: Confección y costura en tejido no tejido
Ruta: Ruta Chocó
Ubicación: Quibdó, Chocó
Barrio El Jardín, Zona Minera. Cra 24 #25-33
3104247106
alexaramirezquibdo@gmail.com
@crecionesdonaalexa55
Cuando Alexandra Ramírez se presenta, nos dice que viene del Chocó y que ofrece piezas originales elaboradas en “cueros vegetales”, que es como le llama a las fibras de damagua y cabecinegro, sus materias primas, y precisa que la primera sale de un árbol frondoso que crece en la selva, en la manigua del Chocó, y la segunda, viene de la flor de una palma. Lo dice todo con alegría e insiste en que hay que compartir lo que se sabe sin egoísmo, porque ha visto cómo su técnica corre riesgo de desaparecer cada vez que muere una maestra artesana y su descendencia no sigue con el oficio. Afortunadamente, ha habido aprendices, como ella, que se han apersonado de ese legado, agradeciendo a través del oficio todo lo que les han dejado las maestras doña Flora, Maruja, Ana T, la seño Johana y la seño Seve.
Vale la pena devolverse en el tiempo para entender esa gratitud y jovialidad con las que Alexandra ejerce su oficio. Su padre, Marcelino Ramírez Mosquera, fue un músico tradicional de la chirimía, mejor conocido como “Panadero”, pues en su natal Istmina se dedicaba a vender parvas, panochas, maria luisas y panderos. Eso antes de mudarse a Quibdó para dar a conocer en la capital su talento musical. Si quieren oírlo tocar el clarinete basta con buscarlo, en internet, como «Panadero y sus muchachos». De su padre, Alexandra sacó ese carácter alegre que le encuentra solución virtualmente a todo, y que no tiene pena de compartir con la gente. Y de su madre, Amparo Machado Cossio, aprendió de confección viéndola coser, aunque en ese momento no supiera que le sería un conocimiento indispensable en su futuro como artesana. Es más, cuando le preguntamos si su madre le enseñó a coser, ella insiste en que aprendió fue mirando, y nos pone otro ejemplo: un día un hermano llegó a la casa con una moto, y a pesar de no saber cómo manejarla, ella se moría por probarla, entonces se fijó en cómo lo hacía él y se lanzó a intentarlo por sí misma. Y lo logró, aprendió a montar moto tan solo mirando… ¡ojo, el que ella sea una virtuosa observadora no quiere decir que esta sea una recomendación!
Antes de la damagua y el cabecinegro, sin embargo, se dedicó a hacer uñas, labor que fue su salvavidas cuando se voló a Medellín siguiendo las falsas promesas de una amiga recién cumplidos los veinte. Allá estudió en una academia de estética y regresó a Quibdó hecha una dura en el abc del manicure. Hasta que la vida le dió un vuelvo y entró a la Escuela Taller de Quibdó, en 2022, alentada por la seño Seve. Desde el principio supo que había llegado al lugar correcto, y le declaró su amor al oficio con esa fibra que le había visto usar a otras mujeres antes y a la que se aproximó con lo que había aprendido viendo a su madre coser.
Ya sabía que le gustaba todo lo hecho con las manos, y se dio cuenta de que no importaba que las primeras piezas le quedaran feas, porque sabía que estaban hechas con entrega. Pero esa “feura” pasó rápido, a medida que ensayaba y aprendía también a procesar la damagua y el cabecinegro que pocas personas se aventuran a extraer de la tupida selva. El avance de su técnica ha sido grandísimo, porque encontró la mejor estrategia: acercarse a las que sabían, las maestras que llevaban toda una vida perfeccionando sus bolsos, monederos, viseras y sobres en damagua y cabecinegro. Entonces empezó a buscarlas y pedirles consejo.
Las encontró cuando se acercó a los grupos de tejedoras a las que conoció en la Escuela Taller, y les hizo saber que sus preguntas nacían de la admiración y el respeto, suavizándolas para que le dieran su confianza, con ese carácter suyo que afloja a cualquiera. Y no se quedó ahí, porque después de aplicar sus consejos, volvía para mostrarles la tarea terminada y, naturalmente, recibir nuevas recomendaciones. Así aprendió, por ejemplo, a hacerles un forro interno a sus bolsos. La confianza y la amistad florecieron entre esta aprendiz y sus maestras, en gran parte, porque Alexandra sabe que a todo le puede poner su toque personal, darle el giro que distinga sus piezas de las de las demás. Ese es un principio que comparte con sus estudiantes ahora que ella misma ha empezado a enseñar el oficio, y se emociona por la nueva generación de artesanas que ha empezado a formarse en Quibdó. Así, cómo es de rico y fructífero compartir.
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