Taller: Artes Bayron
Oficio: Trabajo en madera
Ruta: Ruta Chocó
Ubicación: Istmina, Chocó
Barrio Independencia Valdés Calle 2 #2-32. Frente a la Terminal.
3148636777
artesbayron@hotmail.com
Para Bayron Asprilla, todo comenzó con una desilusión: lo difícil que le pareció el mundo de la minería artesanal. Había estado inmerso en él desde que nació, pues según le contaban sus familiares, apenas se terminó la dieta de su madre después del parto, se lo llevó con moisés y todo para que la acompañara en las minas de su pueblo, Istmina. Pero a los 13, Bayron se cansó de lo difícil que era sacar el oro y todo lo que había que bregar para venderlo a un buen precio, entonces lanzó una sentencia: “Papá, mamá, yo a la mina no vuelvo, así que pónganme a hacer otra cosa”. Desde luego, había otras cosas para hacer, por ejemplo, las bateas y los cachos para sacar el oro, las macanas, los canaletes o remos, las bancas para no mojarse la cola mientras se navegaba en la canoa, ¡y hasta las canoas! Todo eso le tocó hacer a cambio de renegar del trabajo de la familia, y ya que estaba tan rebelde, lo pusieron a hacer no solo los cachos y las bateas para sus padres, sino para el vecino, y si alguien en el pueblo necesitaba ayuda tallando una canoa, allá lo mandaban a “tirar suela”.
Todo lo que aprendió a hacer a fuerza de rebeldía lo perfeccionó en el colegio en el que terminó el bachillerato, donde pasaban por talleres de ebanistería, construcción, confección y sastrería. A esas alturas ya sabía hacer también tablas para picar y covar troncos para hacer pilones. Al tiempo que se perfeccionaba en trabajar con madera, Bayron tenía otro sueño: el de ser futbolista. Pero se partió la tibia y el peroné por la misma época en que le llegó su primer hijo, un momento clave, pues tenía que decidir a qué se iba a dedicar.
Eso de la artesanía le llamaba la atención y dio la casualidad de que acababan de llegar al pueblo dos señores que hacían canastillas con helecho y bejuco, dos fibras que Bayron sabía encontrar perfectamente en la selva. Entonces les pidió y pidió que le enseñaran, y aunque no fueran generosos con lo que sabían, pues le ocultaban parte del proceso, él no se quedó ahí. Cuando habla de aquellos tiempos se convence de que “cuando quieres algo, lo logras, y ese logro solo puede traer alegría, entonces no haces una canastilla, sino un millón”, y recuerda, con la misma emoción de entonces, el día en que se hizo sus primeros 17 mil pesos gracias a la artesanía y entendió que el camino que había elegido era su vocación. Corría el año de 1987.
Lo que siguió fue seguir tejiendo canastillas en helecho y bejuco, hasta que un joyero del pueblo le vio el talante para mandarle a hacer el mueble que había visto en una revista, y que quería para su casa. Tenía razón, porque Bayron encontró el palo de casaco perfecto en la selva, un árbol rameado que tomaba muchas formas, y lo cortó de tal manera que salieran enteras las sillas y la mesa, y así le llegaron sus primeros 400 mil pesos. Se dio cuenta de que la naturaleza proveía, y que solo había que encontrar en ella las formas. Naturalmente, le pidió la revista de muebles al joyero para seguir encontrando camas, butacas y comedores en los troncos caídos, o en lo que dejaban los aserraderos.
Desde entonces ha seguido haciendo cosas con lo que le trae el río San Juan y festejando, siempre festejando, porque esa alegría que se le despertó hace más de treinta años al darse cuenta de que podía vivir de lo que ama hacer, sigue encendida. Por eso los invita a pasar un día con él y adentrarse en la selva que le ha proveído el material todos estos años. Pueden pasar la noche en Istmina, donde no solo hay opciones de hospedaje sino que es conocido por su gastronomía, y madrugarles a los guatines, armadillos y guaguas que se devuelven a su cuevas en la madrugada. Y oír a los tucanes, pechiamarillos, chamones y pichíes que conforme sale el sol empiezan su día. Todo este paseo para llegar al taller que Bayron tiene entre la vegetación frondosa, y verlo trabajar y disfrutar de un desayuno típico al que no le puede faltar un traguito de curao’ o pipilongo.
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