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John Fredy Hoyos

Taller: Litica, Escultura en piedra
Oficio: Trabajo en materiales líticos
Ruta: Ruta Huila
Ubicación: San Agustín, Huila


AGENDA TU VISITA

  Vereda Llanada de Naranjos, San Agustín
  3203169949
  fredytallaenpiedra@hotmail.com
  @culturaenpiedra

A John Fredy Hoyos se le fijó el destino a los trece años. Recién había terminado la primaria cuando su tío, Ángel Miro Guerrero, lo pidió de ayudante y aprendiz en su taller de talla escultórica en piedra. De entre todos los jóvenes de la vereda, lo escogió a él. Debió de ver lo mismo que hoy en día es tan evidente cuando John Fredy habla: esa sensibilidad particular que le hace brillar los ojos y la palabra cuando se refiere a su oficio. La prueba reina del destino con que su tío lo inició es que, desde hace veinticinco años, el sobrino se ha dedicado exclusivamente a la talla en piedra.

Ángel Miro, quien le heredaría el grueso de su conocimiento, había aprendido empíricamente. La historia de cómo llegó al oficio es una que vale la pena contar: cambió la guaquería de piezas arqueológicas por la talla de réplicas en piedra. Corrían los años ochenta y el auge de un turismo que perseguía el llevarse un pedacito de la historia de San Agustín, una muestra de las antiquísimas piedras talladas del Parque Arqueológico; con lo que se volvió popular entre los locales el dedicarse a clavar una larga varilla en el suelo para encontrar y desenterrar tesoros que ofrecerles. Eso, antes de que en 1991 fuera redactada y aprobada la Constitución Política de Colombia, en la que por primera vez se hablaba de patrimonio arqueológico y se prohibía su comercio, embargo y prescripción. Ángel Miro lo entendió al mismo tiempo que se dio cuenta de que prefería tallar pequeñas figuras, a recorrer las montañas excavando. Además, le resultaba más fácil.

Para cuando John Fredy llegó al taller, su tío dominaba ya el arte de copiar. Desde el principio le dio herramientas y le dictó instrucciones rigurosas sobre dónde y cuánta piedra quitar. El objetivo era asegurar la simetría, los altos y bajos relieves. Cuando lo recuerda lo vuelve a ver trazando líneas, borrándolas y volviéndolas a hacer hasta dar con las proporciones que caracterizan a las piezas en las que se inspiraba. Habían cambiado la pica y pala por el cincel y la maceta, pero seguían siendo impulsados por el factor sorpresa que hay en desenterrar tesoros: si antes movían la tierra para encontrarlas, ahora devastan la piedra para revelarlas. Y en los seis años que estuvo a su lado en el taller, antes de que su tío dejara de trabajar por problemas de salud y falleciera, aprendió lo suficiente como para lanzarse a participar en ferias y mostrar lo que hacía, con nombre propio.

Tantos años de práctica le han mostrado que cuando trabaja el tiempo vuela, lo que pasa alrededor desaparece y lo único que le ocupa la mente, y las manos, es sacar la figura que se propuso: un Doble Yo, un águila, o un dios de la lluvia, su favorito, con ocho arcoiris encima y los puños hacia el frente en posición de guerrero. Cuando las hace se mete en la película y le surgen preguntas sobre las piezas del Parque Arqueológico que replica, ¿quién las hizo?, ¿cómo?, ¿qué estaba imaginando?, ¿cómo tallaron sin las fresas de tungsteno y el motortool que a él le son indispensables? Ese caudal de preguntas es lo que hace que el tiempo se sienta tan veloz y que su emoción solo crezca y crezca, pues siente que a través de la práctica puede conocer algo del mundo que lo precedió, de los antiguos talladores que vivieron en esas mismas montañas en los años 6.500 antes de Cristo.

A su repertorio se han sumado otro tipo de piezas. Están las fuentes por las que es reconocido, en las que reemplaza los pedestales de piedra por raíces de árboles desenterradas, el despliegue de morteros y molcajetes simétricos, y las pequeñas piedras a las que de, tanto en tanto, les talla una iguana o una rana en el borde. Y mientras las hace, rondan el taller sus dos hijos pequeños, a los que todavía no les puede dar su propio cincel y maceta, pero a quienes ya ha visto intentar descifrar figuras cuando trabajan con plastilina. Quizá eso mismo vio su tío en él. En el futuro, les enseñará que desde que un tallador ve una piedra bonita, ya sabe que ahí hay algo, que va a conseguir encontrar en ella una figura y por eso no duda al momento de parar en el camino y subirla a la camioneta. Y que es justamente la belleza lo que hace que todo valga la pena.

Artesanos de la ruta

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