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Luis Hernando Leiva

Taller: Artesanías Pin
Oficio: Trabajo en madera
Ruta: Ruta Huila
Ubicación: Gigante, Huila


AGENDA TU VISITA

  Cra 7 #2-64, Gigante
  3118306470
  luishleyva@gmail.com
  @artesaniaspin
  @p/Artesanias-Pin-100063466541728

A Luis Hernando Leiva todo el mundo le dice Pin, y por ese nombre lo llaman cuando se cae un árbol o desentierran una raíz en las veredas que rodean Gigante. Lo llaman porque saben que convertirá esa madera en bellezas, como la cantidad de frutas talladas que hizo con los despuntes de las columnas de madera huesito que se usaron en la remodelación de la iglesia de San Antonio de Padua de su municipio, o las mesas y piezas torneadas en las que transformó los troncos de iguá, cedro rosado, dinde, matarratón y raspayuco que fueron talados para darle paso a la carretera pavimentada.

Su historia como artesano está llena de escenas curiosas: nos cuenta que aprendió a tornear escuchando a su maestro darle las instrucciones por teléfono, y que por más que intentó enseñarle a un tío a manejar el torno una vez lo dominó él mismo, nunca dejaron de salirle cuadradas las réplicas de manzanas a su tío. Por eso sabe que este no es un trabajo para todas las manos, pero eso fue algo que le llevó años entender, pues antes de entregarse al oficio tuvo una vida en la ingeniería, y su material de entrada al trabajó artesanal fue, de hecho, el pauche. Pin ubica el origen de su amor por crear con las manos en el haber trabajado con su madre cuando era adolescente, ayudándole en su servicio de decoración de eventos. Se le medían a todo, hacían angelitos en navidad, cruces para primeras comuniones y transportaban flores por toda la ciudad. Claro que al graduarse del bachillerato le habría gustado irse por una carrera en diseño, pero si no se decidió antes por un trabajo creativo también fue porque, en la época en que estudió, estaba clara la silenciosa exigencia de escoger una carrera como ingeniería, derecho o medicina. Todavía debía cocinarse por más tiempo dentro de él esa decisión, y a fin de cuentas, era bueno en matemáticas, entonces se fue por la ingeniería.

Hay que ver cómo son los caminos porque, en últimas, la ingeniería lo llevó a Gigante para trabajar en la pavimentación de una vía, y fue allí en donde conoció a su esposa, se quedó, dejó la ingeniería y empezó a tallar tulipanes en pauche. Se trata de esa madera blandísima del centro de las ramas de un árbol que crece en las montañas, y que a menudo se compara en textura con el icopor. Y fue, de hecho, gracias al pauche que conoció a su maestro, José Orlando Cortés, cuando empezó a viajar a ferias a vender sus ramos de flores talladas y le sugirieron que dejara de pintarlas con vinilo, porque, era cierto, ese acabado no les hacía justicia. Le dijeron que llamara a un artesano de Neiva, así que consiguió su número, lo llamó, y desde el principio recibió su generosidad. Sin saber quién era él, José Orlando le compartió la receta para pintar sus piezas. Así seguiría construyéndose esa amistad fundamental en su oficio, vendrían los viajes en equipo a ferias, y el armarle un cuartico a los niños de ambas familias para que hicieran la siesta durante las duras jornadas de feria a las que iban con la familia entera.

Fue José Orlando, justamente, quien le enseñó a tornear dándole las instrucciones con la pura voz desde Neiva hace más de quince años, y no solo a tornear, sino a ensamblar su propio torno. Se lo pidió el mismo Pin cuando se volvió imposible subir a la montaña para conseguir el pauche, pues estaba tomada por las guerrillas, y decidió intentar algo nuevo. Que “¿cómo aprieto la madera al torno?”, le preguntaba, que “oiga este ruido que está haciendo la máquina”, y su amigo sabía exactamente cómo solucionarlo. El nuevo oficio era más lento, le exigía al menos un día de trabajo por jarrón o bowl, y otro día para darle el re-torneo después de dejar la madera secar un poco más. Pero vio que tenía, valga decirlo, la madera para el trabajo, y ahí se quedó, equipando poco a poco el taller y haciéndose al nombre que tiene entre la gente de Gigante. También le retribuyó al mundo un poco de la generosidad recibida, y formó a Rubén Mosquera, su aprendiz que hoy en día sigue trabajando y que fue el único que se le midió a usar el primer torno que construyó Pin, el de los tornillos ruidosos. Claro que sigue haciendo las flores que le dieron la bienvenida al trabajo artesanal, solo que las de madera pesan más que las de pauche y le exigen hacerles un jarrón, también en madera, que las soporte; la excusa perfecta para seguir haciendo.

Artesanos de la ruta

Artesanos de la ruta

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