Taller: Taller Eserna Luthiers
Oficio: Instrumentos musicales
Ruta: Ruta Antioquia
Ubicación: Caldas, Antioquia
Calle 128 sur #40-59, Caldas (taller) Escuela en la Casa de la Cultura de Caldas
3124248194
esernaluthiers@gmail.com
@esernaluthiers
@eserna.luthiersehijos
La de Edwin Serna es una vida de no creer. O, todo lo contrario, pues la fe está absolutamente relacionada con sus días. Empezando por contar que su papá, don Egidio Serna, quien tuviera un taller de instrumentos musicales y grabó discos de música colombiana por allá por los años de 1960, tuvo un accidente brutal cuando Edwin tenía cinco años y quedó paralizado de la cintura para abajo. Eso, aunque por supuesto fue durísimo, no le impidió seguir construyendo instrumentos y terminar trabajando con su hijo muchos años después. La fe que mueve montañas pareciera ser esta parte de la historia. Y es que la iglesia le marcó el camino al joven Edwin a quien, en medio de semejante tragedia familiar, lo rescató haciéndolo acólito en la misa y educándolo en la catequesis. Justamente, Edwin recuerda muy bien esos años de su infancia, tocando y cantando en distintos escenarios propiciados por la religión. Le permitieron sonreír, conocer gente y aprender en variados grupos juveniles. De hecho, pudo huir de la violencia que azotaba a su departamento en los tempranos años 80. Gracias a la música se transporta al pasado y sonríe al pensar en que fue al certamen Antioquia le canta a Colombia, en Ituango, y allá tocó con su guitarra.
Y es que este fue el instrumento que le conquistó el corazón. Había visto a su papá tocarla y hacerla y le aprendió, muy chiquitito, su funcionamiento y cómo repararla. Por eso resultó natural que sus papás lo postularan a sus diez años para recibir una beca del Instituto de Misiones de Yarumal, un seminario jesuita que educaba a los niños y los formaba para el sacerdocio. Claramente, se la ganó. Hoy sabe que era lo mejor que le podían brindar sus padres, dado que la situación en casa no era nada sencilla. Y fue allí que se le abrió el mundo. El espíritu jesuita le dio la oportunidad de conocer a personas de Bolivia y Ecuador, así como a uno de sus amigos, que venía de Leticia. Así mismo, en clase estudiaban de las culturas del planeta y se fascinó con África. Era su ventana al conocimiento, uno que no dividía el estudio de las ciencias con las humanidades. Pudo navegar su amor por la música, esa con la que venía adentro, y le sumó el gusto por las matemáticas, además, porque en el seminario tenían los primeros computadores con los que se empezaba a estudiar en el país. Narra este tiempo de su vida con profunda gratitud.
La educación buscaba formar sacerdotes misioneros y, para ello, el desarrollo de oficios era esencial, ebanistería para construir techos, puentes o malocas en cualquier lugar adonde se fuera de misión, así como saber montar un pequeño acueducto. Les enseñaban de todo, hasta ser paramédico, todo esto para que el sacerdote le aportara a la comunidad a la que llegaría. Fueron años intensos de aprendizajes, en los que, en un momento dado, tuvo que decidir sobre su futuro. Afortunadamente, uno de los sacerdotes le dijo que, normalmente, quienes tenían la vocación de la música, no terminarían siendo misioneros. Y ese fue, exactamente, su caso.
Se casó, tuvo sus hijos y terminó estudiando una ingeniería. Su camino se desvió del arte y le empezó a ir muy bien, pero otra tragedia le atacó la vida. Lo secuestraron. Tiene las fechas perfectamente claras, del 11 de marzo de 2002 al 4 de julio 2004, cuando lo rescató el Gaula. De ese tiempo prefiere no hablar, dice que no le dejó absolutamente nada. Excepto un cáncer. Y fue allí que la música volvió para salvarlo. ¿A qué es que usted vino a esta tierra?, le preguntó su papá. Y si había alguien que había logrado volverle a dar sentido a su vida, era él, así que le cogió la caña a su papá cuando le dijo que montaran un taller de guitarras. El entusiasmo empezó a regresar así como también volvió a poner un estudio de grabación. De eso hace ya casi 15 años.
El taller de guitarras empezó a crecer. No solo en personal, sino en ambición. La oportunidad que había tenido de estudiar con lo mejor y los mejores, de viajar, de tener, le marcó la pauta: haría las guitarras con los mejores materiales que el mercado le brindara para ser competitivos en el mundo. Y le enseñaría a los luthiers a trabajar con las mejores maderas, como el palosanto de Madagascar o de la India, el psicomoro de 37 países, el arce flameado o el ébano de Camerún. Dice que los alumnos nunca le han dañado nada y que por qué tenemos que tener esa mentalidad de que hay que tener instrumentos baratos para luego, ya en la vida en serio, pasar a cosas mejores. Nada de eso, hay que formarse con lo mejor, es su filosofía. Desde el comienzo. Como le tocó a él, el niño becado.
Hoy, además de su taller de guitarras, logró consolidar el primer Taller de luthería público en la Casa de la Cultura del municipio de Caldas, en la que ya cuentan con casi 150 alumnos. Su eco ha sido tal que, de ahí, ya se han montado diez talleres en el municipio. Y, por si fuera poco, está llevando su conocimiento a la Escuela Taller que se acaba de abrir en Jericó, en donde dicta clases los miércoles. Es un hombre incansable y con esa vocación de servicio que tanto aprendió en el seminario. Dar lo mejor de sí es su misión y, si bien no fue sacerdote, indudablemente, ese darles a los otros, se le manifestó en el arte.
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