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Eduard Martínez

Taller: Taller Martínez C
Oficio: Trabajos en cuero
Ruta: Ruta Antioquia
Ubicación: Jericó, Antioquia


AGENDA TU VISITA

  Cra 3 #6-25, Interior 1 Casa La Cocina
  3134416371
  tallermartinezc@gmail.com
  @tallermartinezc
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“Eduard lleva media vida trabajando con las manos, pero sabe que hace relativamente poco logró llegar a lo que alguna vez se imaginó: a la pieza sencilla con la técnica más sofisticada. Esto se debe a la práctica insistente del oficio y al dominio del cuero que define con claridad y sabiduría: “la artesanía es sostener el tiempo”. Y es que se ha dedicado a pensar con las manos. A refinar su conocimiento como marroquinero en el municipio de Jericó. Pero su vida arranca mucho, mucho más atrás, cuando se trasteó a los 12 de su natal Medellín, a Bello, donde su abuela.

“Mi familia era de obreros de la industria textil, mi abuela, mi mamá, mis tíos”, cuenta, como si hablara de siglos atrás, al hacer referencia a la emblemática fábrica de textiles antioqueña Fabricato, cuya sede en Bello, empleaba a casi todos en este municipio. Al oírlo se siente cierta melancolía al saber lo que fue, y dejó de ser, esta industria para el departamento. Suena a pasado y, quizá, lo es. Así que, volviendo al cuento, con el oficio manual como sustento, doña Raquel Cano, la abuela que se hizo cargo de él, lo metió a cuanto curso había de artesanía, dibujo y artes; mientras que con su mamá aprendió bordado y macramé. Para él era perfectamente cotidiano estar entre telas y telares, así que fue natural que terminara metido en un bachillerato técnico. Y que luego, a la par con la universidad en donde estudió Artes, abriera un taller con un amigo donde hacían bolsos y era profe de niños. “Desde el colegio manejábamos mucho el bisturí y las cuchillas y todas las herramientas de corte”, asegura, así que desde muy joven puso a prueba sus manos y velozmente se dio cuenta de que las pieles, más que los textiles, le encantaban. Fue cuestión de tiempo que terminara trabajando en cuero.

Un maestro marroquinero le dio sus primeras lecciones. A él le aprendió, pero, pese a que aplicaba para participar en ferias, no quedaba seleccionado. Y así pasaron varios años hasta que logró pasar. Ya para ese entonces, vivía en Guarne. Pero cuando llegó a Bogotá, un diseñador de Artesanías de Colombia lo aterrizó: “Usted tiene una muy buena idea, pero necesita estudiar más, porque su trabajo es burdo”. Hoy le agradece la franqueza, pues la recomendación de entrar a la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo lo hizo quedarse en la capital casi veinte años para aprender, ahí sí, de verdad verdad. Hoy se ríe porque creía que lo sabía todo, y que un curso de tres meses le bastaría… Pero se le abrió el mundo, conoció diseñadores, referentes, conceptos y técnicas.

La lección recibida fue aprender a mirar. A entender de gustos y tendencias, de mercado, y por supuesto de estilo, estética y lenguajes. “Me fui afinando”, cuenta, en el sentido exacto de la palabra, de hacerse fino. Le mostraron el diseño de lujo y tuvo la oportunidad de ganarse una beca para estudiar en la Santo Domingo con una maestra francesa de la Casa Hermès, y también estudió a fondo las carteras de Fendi y las aprendió a hacer a la perfección, a mano y con su reconocido pespunte. “Desnudó” los bolsos y aprendió de los Kellys y los Birkins, al entender perfectamente su aura. Fue su gran apuntalamiento de la manufactura.

Por años estuvo practicando y haciendo un tipo de marroquinería que seguía esos modelos esenciales del diseño. Pero, ya con el dominio técnico que tenía y esa madurez que susurra que se está listo para crear, buscó su propia identidad. No quería hacer ni una marca de lujo, ni una popular. Y lo definió así: quiero un producto para alguien que no irá a comprarlo a París, de buen gusto y buen material, pero que no lo haga sentir avergonzado por andar por una calle bogotana o de Medellín, con un bolso de 2.000 dólares.

Con otra decisión, conservar la mesa-taller y el ser artesano, en lugar de irse al cambiante mundo del diseño de modas. Se había embarcado a tener una tienda en una zona elegante del norte de la capital, pero la pandemia lo acorraló y lo expulsó de Bogotá y se terminó yendo para Jericó. Con el pueblo de los guarnieles ya tenía un vínculo y el mundo marroquinero también tenía mucha tradición allí, así que irse para allá fue apenas un paso lógico.

Hoy comparte casa taller con otros dos artesanos, donde tiene su taller de creación y un showroom con sus productos, entre los cuales sus bolsos bellos y unas exploraciones más conceptuales en las que, entre otras cosas, pone a volar el cuero, literalmente, haciendo unas alas de gaviota o garza en piel de vaca, o un nido de iraca y maderas de la región con pajaritos de cuero. Vemos que sigue explorando, con la gran conquista del tiempo: la serenidad. “

Artesanos de la ruta

Artesanos de la ruta

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