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Familia Arbeláez Hoyos

Taller: Cerámicas Carmesí
Oficio: Cerámica
Ruta: Ruta Antioquia
Ubicación: El Carmen de Viboral, Antioquia


AGENDA TU VISITA

  Cra 31 #38-71, Carmen de Viboral
  3104878113
  info@carmesi.co
  @carmesi.co

El año 1997 es significativo para Juliana Quintero. No solo nació en esa fecha, sino que varias fábricas de cerámica del Carmen de Viboral quebraron en ese año y debieron cerrar sus puertas, luego de muchísimos años dedicados a elaborar vajillas. Eran los tiempos difíciles de los noventa y Antioquia sufrió la guerra de frente, espantando la tranquilidad y la prosperidad. Justamente, una de las empresas que desapareció fue la emblemática Continental, de Alfonso Betancur, en donde trabajaban la mamá y las tías de Juliana como decoradoras. Todas habían tenido, además, una abuela artesana, doña Ninfa, quien les heredó el saber. Así que, si bien a ella no le tocó el apogeo de esta industria artesanal en los años 70 y 80, cuando había decenas de talleres en el famoso pueblo antioqueño, sí creció oyendo los cuentos del barro y los recuerdos de una familia entregada a la cerámica desde siempre.

La historia de Carmesí, esta empresa familiar hoy floreciente en el Carmen nació, casi providencialmente, por cuenta de la pandemia de 2020. Juliana se había ido para Medellín a estudiar Licenciatura en Lenguas Extranjeras y, atrapada como todos en las cuatro paredes de su casa, revivió un sueño que ya le venía rondando en la cabeza desde hacía varios años: montar un taller de cerámica con su familia. Si no era en ese año en el que cambió el mundo y todos nos preguntamos qué podríamos hacer de significativo, ¿cuándo? Así que, aunque tenía trabajo en su campo –que lo agradece, por supuesto, porque logró mantenerse y ayudar a su familia–, su esposo Alejandro la animó a lanzarse a esta historia de familia y compraron su primer horno.

El entusiasmo de la joven Juliana los fue contagiando a todos. Las escapadas al Carmen se volvieron frecuentes y allá, sentados en familia, fueron ideando cómo montar un taller propio. Qué tipo de productos hacer, qué colores usar y qué figuras imaginarse, fueron los temas de muchas reuniones de una familia que empezó a sentir la emoción de hacer empresa. Las mujeres tenían el saber en sus manos, pues habían trabajado decorando cerámica y se conocían las famosas pintas que le otorgaron a este producto la Denominación de Origen. De hecho, doña Nancy, la mamá de Juliana trabajó hasta agosto de 2020 en otra fábrica, cuando ya vio que el impulso de su hija tenía todos los ingredientes para funcionar. Junto a ella, también las tías Adriana y Ángela se montaron en el barco. Y se les fueron sumando otros miembros de la familia, Sandra y María Eugenia, quienes nunca habían trabajado al ser amas de casa y se animaron a aprenderlo todo, así como su hermana Alejandra, sus primos Jorge Andrés y Leidy y el tío Óscar.

Todo fue desenrollándose como una de esas flores que han hecho tan famosa al Carmen de Viboral. Primero el taller fue en el patio de cuatro por cuatro metros de la casa de sus papás, hasta que el espacio empezó a hacerse chiquito. Juliana les terminó alquilando una casa a ellos para vivir, para poder usar la de la familia completamente como taller y luego, en busca de un local para vender sus primeros productos, tuvo la suerte de encontrar, muy céntrico, un lugar con dos casas y un local, justo lo que necesitaba. Ni mandado a hacer. Pese a su suerte, hay que decir que la creciente prosperidad se dio porque Juliana se lanzó al comercio digital y fue uno de los primeros talleres del Carmen que ofreció la cerámica por este medio. En un tiempo en donde todos querían redecorar sus casas sin poder moverse, esa fórmula le resultó esencial a Carmesí.

Y así han acontecido estos años pospandemia. Juliana terminó renunciando a su trabajo en la academia de idiomas para dedicarse de lleno a la administración de la empresa familiar, y han ido perfilando el taller de acuerdo a las necesidades del mercado. Ella confiesa que su primer impulso fue hacer vajillas que no tuvieran las clásicas pintas del Carmen, sin embargo, el estudio y las ferias la fueron convenciendo de que esa no era, necesariamente, una buena salida. Finalmente, la gente que compra productos del Carmen de Viboral busca una identidad. Y así, como su mamá y sus tías dominaban las pintas, las empezaron a hacer y les fueron introduciendo, como en la música, variaciones sobre un mismo tema. Si, por ejemplo, en una pinta tradicional las flores se pintan en el borde del plato, ellas las pintan en el centro. Y así, jugando siempre a la simetría y la belleza, explorando colores y aprovechando las cualidades de cada uno de los miembros de la familia. Ángela puede hacer la pinta Mayoral perfectamente, mientras que Adriana, al ser más realista, se le dan muy bien las flores. Leidy se ha ido especializando en los diseños propios de Carmesí, y por supuesto, le sacaron un modelo a su abuelita Ninfa, iniciadora de esta historia. Jorge Andrés y Oscar, se encargan de los aspectos técnicos de la elaboración de la cerámica, el vaciado, los moldes y las labores del torno y quemado. Y a Nancy, su mamá, también se le dan muy bien los moldes.

Juliana sigue viviendo en Medellín, pero sube al taller varias veces a la semana y tiene, como al inicio, todo el negocio en la cabeza. Y si en ese entonces todo estaba en el terreno de los sueños, hoy ya puede decir con todas las íes que revivió un oficio que estaba en las venas de su casa y consolidó un taller que lleva con orgullo el apellido Arbeláez, uno que hoy se define como Carmesí.

Artesanos de la ruta

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