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Martha Olivia Betancur

Taller: Taller Carmenlivia
Oficio: Cerámica
Ruta: Ruta Antioquia
Ubicación: El Carmen de Viboral, Antioquia


AGENDA TU VISITA

  Taller: Barrio El Progreso #14-06 Casa Museo Carmenlivia Almacén: al frente de la Iglesia San José Cra 31a #18-80
  3116138339
  carmenlivia0123@gmail.com
  @carmenlivia_1974_
  @people/CarmenLivia/61574581731461

Martha Olivia tiene muchos nombres, Liviecita, Livia o Carmenlivia, como mejor se le conoce hoy en día pues se animó, después de trabajar más de cuarenta años en talleres de cerámica de otros, a montar el suyo. Y lo llamó Carmenlivia, justamente, como un homenaje a su mamá, Carmelina, una de esas mujeres que crearon una pinta, y la bautizaron con su nombre, para las emblemáticas cerámicas del Carmen de Viboral. Así que aquí estamos hablando de una historia de más de 50 años que sigue vigente y quiere sobrevivir muchos más.

Livia, como le gusta que la llamen, es una mujer cariñosísima y que vive por su cerámica. No solo hacerla y pintarla, sino enseñarla. Recuerda a su mamá cada vez que dibuja su flor, su pinta y, así, no le hace falta. Cuando repasa sus días, tantos ya, se da cuenta de que sí que ha trabajado y de que, verdaderamente, creció con el oficio. Su vida, y todo lo que tiene, se lo debe a éste. Tanto su papá como su mamá trabajaron en la industria cerámica del Carmen, una tradición que inició a finales del siglo XIX y que tuvo su apogeo hacia 1970, con talleres tan importantes como Continental, El Dorado, Locería Júpiter, Palissy, Nacional, San Antonio, Moderna o Kiramá, entre otros, y que, gracias a la Denominación de Origen obtenida en 2011, volvió a ponerla, literalmente, en el centro de la mesa.

Se acuerda de llevarle, a sus cinco, el desayuno a su papá, don Miguel Ángel Betancur, quien trabajaba cargando los hornos y atizando la leña en ellos para que la temperatura fuera constante en el proceso de horneado de la cerámica. Cuenta también cómo fue que entraron las dos, su mamá y ella, a trabajar al conocido taller de Cerámicas Continental, cuando ella tenía 15 años, en 1970. En ese entonces los decoradores de las vajillas eran hombres, pero cuenta que una protesta por un aumento de sueldo los terminó sacando de la empresa y fue allí que las mujeres empezaron a decorar las cerámicas. Entre ellas, Carmelina, quien un día, probando el dibujo de una flor dio con un diseño que se volvería famoso. Hoy, el jardín carmelitano de pensamientos, hortensias, tréboles y margaritas saltan a nuestras mesas.

Al haber entrado tan joven a trabajar, Liviecita aprendió de todos los oficios de la cadena de la producción cerámica, al punto de que incluso llegó a estar en el puesto de inspectora de calidad. Seguramente por eso se siente tan segura cuando les enseña a otros de este arte. Sin embargo, reconoce que lo que más le gusta hacer es, indudablemente, decorar la loza. Y allí recuerda cómo aprendió a hacerlo junto a Carmelina y la vio recortar tubos, palitos de bombones y lapiceros a los que les introducía pedacitos de espuma de esas con las que se maquillaban las señoras para hacer pinceles. Fue así como terminó creando la pinta Carmelina. Verla era un gusto interminable. Cuenta que su mamá llegaba a la casa y, de repente, se imaginaba una figura y empezaba a probar sobre cualquier superficie que tuviera a la mano.

También se inventaron la Cartago, otra de las pintas del Carmen de Viboral. Ese fue un nuevo diseño de flores que terminó llamándose así porque los señores Betancur, fundadores de la Continental, lo llevaron a un concurso a Cartago, en el Valle. Y ganó, de ahí el bautizo con premio incluido. Livia lo recuerda todo y, ahora junto a su hija Ángela, se precia de tener en sus manos el conocimiento que le quiere transmitir y que sea ella ahora quien sepa de todas las pintas, la Carmelina, la Cartago, la Viboral y la Florelba, entre otras que hoy ofrecen en su taller. Livia reconoce que le encantan las flores coloradas, por eso le puso color rojo a la tradicional Viboral que tiene una de sus flores en color ocre. También se lanzó a hacer pintas completas en rojo o naranja, como si estuviera plasmando la flor de guayacán que tiene cerquita de su taller.

Hoy, después de pensionarse de Continental y de haber trabajado luego en otros talleres como Renacer y El Dorado para completar sus semanas de cotización pensional, se lanzó a abrir su propio taller. La idea fue de sus hijos quienes vieron que ella quería seguir enseñando y recibía a gente en su casa. Su hija tenía una casa en arriendo que le cedió a su mamá para que abriera allí mismo su taller y, además, inauguraron un local pequeño donde ofrecer las cerámicas. La mamá logró embarcar a la hija en su historia. Y así, continuar el legado.

Artesanos de la ruta

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