Taller: ArteSan
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Córdoba
Ubicación: Lorica, Córdoba
San Nicolas de Bari, frente al Parque Principal, al lado de la tienda
3143479198
adier4397@gmail.com
Adier Ortega viene de una familia de amarradores de esteras y petates. Así es como se le llama al antiguo oficio de hacer montoncitos con las hojas de enea y anudarlos, uno después de otro, hasta completar el largo de las esteras sobre las que, mucho antes de que hubiera colchones, se solía dormir. Esta familia de amarradores vive a orillas del río Sinú, en San Nicolás de Bari, pueblo más antiguo que su vecina Lorica, y es tal la tradición del trabajo en enea que cada Semana Santa se celebra el Festival del Petate, de jueves a domingo santo. Sin embargo, aunque aproximadamente el 30% de los habitantes de San Nicolás de Bari sepa amarrar enea, hoy en día muy pocos se dedican de lleno al oficio. Y lo que hace cincuenta años representaba el trabajo de tantos en el pueblo, hoy depende de solo dos familias: la de Adier y la de sus vecinos. En el caso de los Ortega, su repertorio ahora incluye también canastos, sombreros y bolsos.
Es tan viejo el oficio que no saben a quién se le ocurrió por primera vez cortar la enea de la orilla de los pantanos, secarla al sol y amarrarla con la ayuda de un marco. Está tan adherido el oficio a la vida familiar que el abuelo hablaba de ver a su madre amarrar esteras, y el mismo Adier siente que «nació con eso». No hay un antes y un después cuando se habla del marco de madera y pita, tan grande como una estera, que desde la generación de los abuelos ha rondado por la casa, el que cuando hace mucho calor pende de una viga en el patio y frente al que se sientan a trabajar.
De lo que sí se acuerda son las lecciones de su abuelo Abraham cuando iban a recoger la enea. Adier guarda vívidamente en el recuerdo las salidas a recolectarla con él y nos cuenta que lo primero era ponerse un pantalón largo y amarrárselo a los zapatos para que no se les fueran a pegar las sanguijuelas. Luego, había que cortar la enea y dejarla ahí mismo para que se secara, descansando sobre las otras matas de la orilla;como la planta está cargada de agua, de nada vale llevársela recién cortada, porque pesa el triple. Así que ocho días de sol después, volvían por ella. La amarraban en bultos y la cargaban en burro, en canoa y al hombro para llevarla hasta la casa, donde la abuela Erlinda la seleccionaba y convertía en esteras y petates, ayudándose del siempre presente marco colgado de la viga del patio. En ese entonces, cada estera se vendía a 500 pesos, aunque los comerciantes las revendían en 7.000.
Pero la enea ya no crece en San Nicolás de Bari, ahora hay que comprarla ya cortada en Lorica, aunque hubo un tiempo en que bastaba con acercarse a las tierras cenagosas que rodean el río Sinú para conseguirla. Eso fue antes de que los dueños de las tierras quemaran la enea hasta desaparecerla, por considerarla invasiva, y de paso le hicieran más espacio a los potreros para la ganadería. Y sin materia prima, los que eran artesanos se fueron volcando poco a poco hacia la pesca y la agricultura, porque, efectivamente, se necesita mucha enea para amarrar una sola estera, nada más y nada menos que un bulto. Ahora que no está, ni recogiendo la semilla ni sembrándola han logrado que vuelva a nacer porque ella crece donde quiere.. y donde puede.
También recuerda la brigada del Sena y la Red de Artesanos que llegó al pueblo a finales de los noventa para enseñarles a hacer más que esteras. Él tenía doce años cuando vio cómo maestros de San Andrés de Sotavento, Rabolargo y Mompox les enseñaron a sus padres y abuelos de cestería y del tejido de los sombreros, que hacen con pura enea y rematan con hilo al terminar el ala. La familia recibió entonces nuevas técnicas que les permitieron crear tejidos con menos materia prima y eso ayudó a que no soltaran el oficio. Si con un bulto tejían apenas una estera, ese mismo bulto rinde para diez sombreros, o diez bolsos, piezas bellas de lo suaves. Y así siguieron tejiendo, intercalando el oficio con otros trabajos como la pesca o el cargo de cajero de Adier, y reuniéndose a tejer en las tardes. Lo hacen los padres de Adier, su hermano, su cuñada, y él mismo. Juntos, no olvidan nunca esa planta con que las manos de la familia Ortega han trabajado generación tras generación, siempre mojándola para que se deje doblar.
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