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Maria Marulanda

Taller: Artesanías Marulanda
Oficio: Trabajos en madera
Ruta: Ruta Córdoba
Ubicación: Montería, Córdoba


AGENDA TU VISITA

  Tienda en el Centro Cultural Guillermo Valencia Salgado - Cl. 36 #1-22 Taller en el Barrio la Candelaria Calle 1A #26-59
  3156583194, 3126717705

María lleva muchos años trabajando con madera, y luchándosela. No ha tenido una vida fácil, pero ha encontrado un alivio en sus piezas bonitas y en la decisión de sumergirse en su oficio, uno que le quita el estrés y la hace soñar con un taller cada vez más grande, con más empleados y un local lleno de piezas terminadas. La talla en teca y campano, en la que se especializa, ha sido también el oficio de varios en su familia. Pero en el caso de los Marulanda, la herencia no les llegó por un abuelo o abuela, sino por un señor llamado Benito Payares, el cuñado de María. Recordarlo, ahora que no está, es otra forma de agradecerle por su legado.

Por allá por los años de 1990, Benito Payares regresó a Colombia. Había vivido en Venezuela con su hermano, como tantos que se fueron al país vecino a aprovechar su economía boyante y, en algún momento de ese camino, había aprendido a tallar la madera. No hay que olvidar que allí son grandes maestros de este oficio. Luego volvió, se casó con Kelly, la hermana de María, y le empezó a compartir lo que sabía a su nueva familia. Uno por uno, le enseñó a su cuñado Jorge, a María, a su otro cuñado José Alejandro, a su sobrino político José Miguel, y a Miguel, el yerno de María, y por supuesto, a su pareja, Kelly, y a la hija que tuvieron juntos.

María recuerda al maestro Benito y se le hace un nudo en la garganta. Porque fue mucho lo que le dejó. Recuerda esas primeras clases, en las que se ponía a mochar madera con su hermano «cuando los ojos todavía estaban buenos», dice ahora que su propia vista está cansada. Ella acababa de dejarlo todo en San Marcos, Sucre, en donde tenía un carrito para vender productos de plástico, poncheras, sillas Rimax, baldes, el mismo que vendió cuando le dijeron “vente pa’ acá, pa’ aprender el oficio del señor Benito”. No era la primera vez que la vida le cambiaba los planes sin preguntar, pues a San Marcos había llegado huyendo de la violencia que sacó a toda su familia de Bélgica y la repartió por el país. Ese es el nombre del corregimiento de Cáceres, al norte de Antioquia, en el que crecieron ella y sus nueve hermanos, con sus padres María Fanny y Heriberto, quien abandonó el trabajo de toda la vida en las minas de oro cuando tuvieron que salir corriendo en los noventa. En esa primera huída, María perdió el ranchito que tenía en Bélgica y se fue para San Marcos, acababa de cumplir los 30 y había decidido llevarse a su mamá con ella. Allí pasaron más de diez años y fue la época del carrito de plásticos, hasta que decidieron volver a moverse siguiendo el consejo de sus familiares que estaban en Montería e invitaron a María a aprender, ella también, de talla en madera de la mano del señor Benito. Ella no olvida cómo su madre, a quien extraña todos los días desde que falleció, le decía «mija, es que tú vives enamorada de tus palos», cuando la vio comenzar a trabajar con esta materia prima: la madera que volvió a reunir a su familia desperdigada.

Ya son más de veinte años de transformar la madera y María nos cuenta que no para de trabajar, porque el oficio le exige dedicación diaria: covar, cortar, lijar y pulir. Cuando se detiene a pensar en su oficio, se da cuenta de que el amor no se le ha ido, y eso que lleva muchos años haciendo platos, bandejas, tazas y, su especialidad, las cucharas covadas con la «catalina», esa herramienta que se inventó su maestro uniendo un piñón de bicicleta a un motor, y que le viene de maravilla a María, ya que por ser zurda se le dificulta usar el torno de madera. Ese mismo amor que siente, quiere compartirlo, mostrarle a la gente cómo tallan las maderas nobles de la teca y el campano, y cómo las sellan con aceite de oliva y cera de abejas, para seguir construyendo, poquito a poquito, el taller grande con el que se sueña, mientras sigue llenando de bellezas la tienda que tiene en el centro cultural junto al malecón de Montería. Quiere mostrarnos este trabajo que, en últimas, facilitó el volver a reunirse con su familia cuando se encontraron en Montería para aprender de su maestro, de su paciencia y cuidado por el detalle, y es el símbolo de la calma después de la tormenta.

Artesanos de la ruta

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