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Alex Castilla

Taller: AOC Wood and Leather
Oficio: Trabajos en cuero
Ruta: Ruta Córdoba
Ubicación: Montería, Córdoba


AGENDA TU VISITA

  Av 1 entre calles 36 y 37, Centro Cultural Guillermo Valencia Salgado, local 43
  3202632099
  woodandleatheraoc@gmail.com
  @aocwoodandleather
  @woodandleatheraoc

Hace más de treinta años Alex Castilla entró por primera vez a un taller de trabajos en cuero. Se trataba de la fábrica de zapatos en la que empezó a trabajar a los trece, por recomendación de un amigo, en su natal Cúcuta. Y no es que hubiera querido que así fueran las cosas, y seguramente su vida sería otra si no hubiera tenido que irse de la casa a los once años, dejar el colegio y empezar a buscar trabajo tan pronto. Pero las condiciones se le impusieron de esta manera cuando falleció su tía política Alicia, quien lo había criado, y prefirió no quedarse en casa de su tío. Salió, entonces, siendo todavía un niño y tuvo que crecer a la fuerza. Y fue duro por muchos años más, hasta que encontró el tiempo y la cabeza para crear, para abrir su propio taller de marroquinería y retornar a ese primer oficio con el que se encontró en tiempos difíciles.

Muchas cosas pasaron entre su primera experiencia con el cuero y su actual vida dedicada al oficio. La historia es así: Álex había perdido a su papá a los cuatro y allí fue cuando Alicia se encargó de él. Ella era la matrona de la casa que reunía a toda la familia para preparar los tamales y el mute que salían a vender los fines de semana. Recuerda vívidamente las labores repartidas entre el que ponía el relleno sobre la hoja de plátano, el que envolvía todo en otra hoja de bijao, el que amarraba los tamales con una pita, y él, que les hacía una cama con las mismas hojas de plátano para cocinarlos al vapor en una olla grande. También se le grabaron en la memoria las arepas de maíz pelado, esa delicia santandereana que se hace hirviendo el maíz con ceniza y luego moliéndolo con yuca y chicharrón. Su tarea era la de buscar la ceniza en las casas que tenían estufa de leña, poner el maíz a hervir en el perol y cambiarle el agua cada día de por medio para que no se fermentara. Les quedaban unas arepas delgadas y grandes, irresistibles. Había mucha imaginación aplicada a la comida, que desde luego Alex absorbió y de la que se sirve hoy en día. También estaban los colores de su prima Magaly, los dibujos de la pantera rosa y el inspector, y ese sueño temprano de estudiar en la facultad de Bellas Artes. Hasta que falleció Alicia y el sueño creativo se desvaneció.

Entonces salió al mundo. El primer trabajo que consiguió fue limpiando residencias. Y sabe que Dios lo rescata a uno, porque poco a poco las cosas fueron mejorando. En la fábrica de zapatos aprendió de armado, desbaste y corte, su parte favorita, pues era como jugar tetris acomodando los moldes sobre los cueros, optimizando el uso del material. A los 17 ya era jefe de cortadores, pero con esa edad nadie le hacía caso, así que se fue. Lo que vino fueron años y años de viajar por todo el país vendiendo libros, enciclopedias y software. Descubrió que sabía jugar muy bien el papel de vendedor y así bajó hasta el Amazonas, recorrió todo Antioquia y todo Nariño, y llegó, incluso, a Tulcán en Ecuador. Luego, en un viaje de ventas al Chocó se dio cuenta de lo cansado que estaba, y decidió pasarse a la venta de carros.

Le fue bajando las revoluciones al trabajo hasta que, ya establecido con su familia en Montería, el cuero volvió a encontrarlo. Volvió a tocar a su puerta cuando decidió unirse a su hijo en una feria de emprendimiento y le dijo: vamos a hacer algo en cuero. Desempolvó el conocimiento que tenía guardado y empezaron por piezas pequeñas que evolucionaron en las billeteras, libretas y los bolsos que hacen hoy en día. El taller, desde luego, se volvió un proyecto familiar en el que participan dos de sus cuatro hijos y su esposa Oliva. Se dio cuenta de cuánto había cambiado el medio, de las nuevas herramientas y pinturas, y le llegó la hora de aprender la única parte del proceso de la que no aprendió en la fábrica: coser. Tanto han cambiado los tiempos que lo que otrora era considerado un oficio de mujeres, hoy lo tiene horas al pie de la mesa cosiendo cada pieza a mano. Así fue vivir toda una vida antes de regresar al oficio amado y darse cuenta de que podía seguir aprendiendo. Por eso en su taller reciben a todo el que quiera empezar y lo inician con una manilla en cuero, material que, por cierto, se sueña con aprovechar al máximo ahora que la vida lo trajo hasta Córdoba, departamento ganadero por excelencia, pero en el que todavía no se habla mucho de marroquinería.

Artesanos de la ruta

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